#UniónCivilYa: 25 años después


Sexta conclusión de la opinión del Ministerio de Justicia sobre la unión civil no matrimonial (UCNM), en febrero del 2014.

Sexta conclusión de la opinión del Ministerio de Justicia sobre la unión civil no matrimonial (UCNM), en febrero del 2014.

Cuando mi mamá nació, las mujeres apenas podían votar libremente. De hecho, mi mamá cumplió la mayoría de edad justo un año antes de aprobada la Constitución de 1979, que legalizó el sufragio universal. Descubrí eso en la universidad, a 50 años de la primera votación de la mujer peruana (1956) y a menos de 30 años del derecho al voto libre.

Hubieran visto mi cara cuando me di cuenta de que, por una crueldad del destino, si mi mamá no hubiera nacido justo en 1960, no habría podido votar. Me deprimía pensar en la farsa histórica que había sido la política peruana -más de lo que ya sentía que era- durante tantos años, excluyendo a cientos de miles de personas de un derecho tan ridículamente básico como es elegir a sus gobernantes.

¿Por qué les cuento todo esto? Porque la historia de la unión civil no matrimonial siempre me ha hecho recordar el tortuoso camino del Perú hacia el voto universal. En el 2014, si no lo han olvidado, ciertos personajes denunciaban lo poco “natural” que sería dejar a las parejas homosexuales tener los mismos derechos que los heterosexuales casados o convivientes.

Me reía, y pensaba: carajo, ¿cuánta gente habrá dicho lo mismo en los años 50, imaginándose a las mujeres, vistas como estúpidas e ignorantes, yendo a las urnas? “¡Sacrilegio! ¡Va en contra del orden natural!”, seguro dijeron varios. Y en el 2006 (cuando ingresé a la universidad), nadie podía imaginarse que las mujeres no votaran, no estuvieran en partidos políticos, no trabajaran o no estudiaran… Ya era “natural”.

Ayer y hoy

En el 2013, cuando #UniónCivilYa nació como hashtag en Ttwitter (apenas había más de un millón de tuiteros de los 15 millones de hoy), el debate por la igualdad de derechos de los homosexuales reventó como uno de esos granitos furiosos de la adolescencia, porque ya había madurado demasiado.

Así comenzó todo. (divas.pe)

Así comenzó todo. (divas.pe)

Un año después, cuando el Congreso -en un acto increíblemente sorprendente para todos- aprobó el proyecto de ley del ahora excongresista Carlos Bruce, yo y mis amigos salimos a celebrar. Mis dos mejores amigas, Antonia y Paola, que hace poco se habían aceptado como bisexuales (ante unos pocos amigos), no podían contener la alegría. Aún no querían contarle al mundo sobre su descubrimiento, pero sentían que el futuro sería mejor.

Hoy, Paola vive feliz con Fiorella, a quien conoció en un viaje de Semana Santa en el 2017, y han estado juntas desde entonces. Cuando mi amiga se quedó sin chamba en la crisis del 22, Fiorella pudo inscribirla en el seguro social. Hasta ahora nos preguntamos qué habría sido de Paolita sin su seguro, porque un par de meses después tuvieron que hacerle una operación para extirparle un quiste maligno.

Como todo cambio en el curso de la historia, la unión civil no matrimonial generó alegría y celebración en muchas ciudades del país, pero también surgieron malos elementos. Grupos extremistas comenzaron a agredir con más frecuencia, y más sigilosamente, a chicos y chicas LGTB que salían a pasear con sus parejas. Incluso se llegó a hablar de un acceso clandestino al registro del RENIEC, ya que la creación de un nuevo estado civil hacía a los no heterosexuales fácilmente identificables.

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La pedofilia ignorada, Cipriani y #UniónCivilYa


Estas dos semanas me he dedicado a lecturas para mi tesis, que espero tener lista para el próximo año (#pinkypromise). Pero ahora tengo que hacer un break porque una entrevista a Diego García Sayán, de Emilio Camacho, me ha llamado (mucho) la atención. Y la aprovecharé para compartir algunas cositas que he observado sobre la aclamada/odiada iniciativa legislativa a favor de la unión civil de homosexuales.

(Foto: Peru21.pe)

(Foto: Peru21.pe)

Primero, al fin alguien dice tres cosas con las que estoy de acuerdo plenamente:

Nada me hace hervir más la sangre que alguien intolerante, que hace afirmaciones arbitrarias, que descalifica a la comunidad gay como él (Cipriani), con los términos más inaceptables.

La Fiscalía está en la obligación de tocar todas las puertas. La gravedad está en dos niveles. Primero, que haya un caso que aparentemente la justicia no ha podido investigar y, segundo, que la jerarquía de la Iglesia se haya puesto de perfil frente a ello. (Sobre la acusación de pedofilia del exobispo de Ayacucho Gabino Miranda)

Lo que tenemos en el fondo, más allá del proyecto [de unión civil de homosexuales], es una corriente en el mundo que busca enfrentar la discriminación, en todo sentido. Cuando analizas la historia, y ves como se fue dando saltos para superar la discriminación, siempre se hizo frente a una cantidad enorme y a veces mayoritaria de prejuicios.

En la entrevista, García Sayán marca una distancia entre odiar a Cipriani y rechazar sus posturas. Válido, pero bien díficil de hacer, especialmente cuando las emociones se apoderan de uno en temas tan cercanos como la unión civil de homosexuales. Y digo “cercanos” porque, afrontémoslo, ¿quién no conoce a alguien gay? Ahora, tampoco digo que si no conoces a nadie gay, entonces este asunto “debe darte igual”. Es un debate real y afecta(rá) las relaciones de toda la sociedad.

Beto Ortiz lo deja bien clarito en una columna que me gustó mucho. Y señaló algo duro de aceptar: Carlos Bruce, el autor del PL 2647, que busca legalizar esta unión civil, respondió con un estereotipo jodido cuando Cipriani “lo acusó” de ser gay por promover una ley a favor de ellos: “¡Esta es una bajeza!”

Me dio mucha pena leer esto en la columna de Ortiz, porque no tenía idea de que esa había sido su respuesta. Bruce, o cualquiera de los que defendemos esa iniciativa, pudo haber dado una mejor respuesta y dejar a Cipriani sin palabras.

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