Anularse en las elecciones


elecciones

Es probable que, con lo que se viene en el 2011, creer en un futuro saludable y prometedor para el sistema político de este país sea un sueño por el que tendría que competir en El Gran Show para hacerlo realidad. Me da la impresión que si el reparto de Al fondo hay sitio anunciara su postulación al Congreso, habría tantas cuentas en Twitter, Facebook y demás artilugios promoviendo su candidatura (claro, dirían que es un chongo a lo “Bayly presidente”, ¿no?). Y si la alcaldesa de Lima renunciara al partido que tuvo que soportar para ganar las elecciones, más me valdría indignarme por la elección del Personaje del Año 2010 de la revista Times… Ah, no, acabo de darme cuenta que ambas cosas serían igual de poco sorprendentes.

No obstante, creo que hay algo singularmente bueno en medio de toda la decadencia política. Ser testigos de la mediatización de los partidos y los candidatos, de las alianzas al estilo arroz con mango y de los dimes y diretes entre un laureado intelectual y una mujer que cree en el poder del color naranja es una experiencia única que mi generación tiene la fortuna de vivir.

Sí, es una gran fortuna que hayamos crecido viendo cómo la vida real puede confundirse con una obra teatral donde los servidores públicos se convierten en vergüenza pública y, en algún acto épico de la obra, la luz al final del túnel viene de un chuponeo que expone la cara más sucia de nuestra clase política. ¿Tan feo panorama y aun así podemos considerarlo una fortuna? Hay que verlo de esta forma: si no nos diéramos cuenta, este texto no existiría. En una generación donde falta tiempo para estudiar porque hay que hacer prácticas, donde el CAS ha reemplazado a la planilla y se chonguea en Facebook antes de salir a las calles a “expresarse”, los decision makers ya no la tienen tan fácil. No nos la creemos toda. No habremos vivido los cochebombas y es probable que no recordemos la leche Enci, pero cargamos con la lucha en contra del miedo a la izquierda que dejó el terrorismo, de la pendejada justificada que institucionalizó Fujimori y de la cultura combi a la que nos acostumbraron nuestros viejos. Hemos estudiado las metidas de dedo de Belaúnde y la página 11, de Alan García y el 200% de hiperinflación, y de la traición del periodismo que prefirió la plata de Vladimiro Montesinos a defender la única razón de su existencia. Todo se ve muy traumático, pero también son estos traumas los escudos protectores frente a tanta suciedad a la que estamos expuestos diariamente.

Lo único lamentable es que estos escudos no se usan. Al menos no por todos. Tenemos la habilidad de excitarnos sobre la base de ningún contenido, pero, en dichosas excepciones,  también somos capaces de crear nuestros propios espacios de debate sin más apoyo que el de nuestra voluntad y un sol para el pasaje. Precisamente esta curiosa bipolaridad puede hacernos perder consciencia de que la repetición de este zafarrancho político de acá a 20 años depende íntegramente de nuestra acción o inacción. Seamos –o alucinemos ser– de izquierda, derecha, centro o de todas las posibles orgías entre estas tendencias, poco o nada parece conmover genuinamente a mi generación para proponer algo más que un “me gusta”.

En fin. Esto no pretende ser una queja, sino más bien una exposición de motivos por los que, en estas elecciones presidenciales, mi voto será nulo. No será en blanco porque temo que alguien lo marcará y le dará mi voto a quién sabe cuál de estos monstruos que dicen querer “servir al Perú”. Anular mi voto será la forma cómo usaré mi escudo ante esta gran estafa que pretenderá ser una campaña electoral de “debate y propuestas”. Tal vez, al anularme en las elecciones, me animaré a tratar de remediar el vacío de mi propia indecisión política, aportando con algo tangible que transforme esta podredumbre. Cuando eso suceda, podré decir que he usado mi inmunidad ante la mentira descarada como he querido hacerlo.

Considérenlo o no así, este texto es un primer paso🙂

Un pensamiento en “Anularse en las elecciones

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