El caso de Bagua: atrapado en la coyuntura


Entre la expectativa del Mundial África 2010, el holandés asesino, los MTV Movie Awards, el playoff the los Lakers y los Boston Celtics, los peruanos (o al menos un porcentaje de nosotros) nos vemos enfrentados-unidos por un tema que viene acechándonos desde hace unos días: el primer aniversario de la tragedia de Bagua. Entre Twitter, los periódicos y una Mesa Interinstitucional a la que asistí, surgieron unas preguntas: ¿cómo han respondido los medios escritos, televisivos y de la Web 2.0 a este debate? ¿nos sentimos tan lejos del tema como lo estuvimos hace un año? ¿es una exageración pseudointelectual el cuestionar, investigar y debatir una tragedia como la de Bagua después de tanto tiempo? ¿La Ley de Consulta Previa es ese GRAN paso hacia la compresión de la diversidad cultural que muchos buscan (buscamos)?

Parece que el escenario se encuentra dividido: están los que piensan que el gobierno cometió un crimen, por lo que son tildados de comunistas, izquierdistas, chunchos y demás exageraciones; por otro lado, están los que piensan que los nativos son seres sin conocimiento del ejercicio de ciudadanía, sujetos a manipulaciones, por lo que el ‘llamado a la insurgencia’ de Pizango fue el acicate que faltaba para que sucediera lo que ya todos sabemos. Hay un tercer grupo –o tal vez sólo está en mi imaginación– que piensa que el caso de Bagua fue el producto de un modelo de desarrollo excluyente, intereses político-económicos más fuertes que la voluntad (utópica) de querer invertir tiempo hablando con los ‘otros’ y el sentimiento de indignación de un grupo humano confundido pero con objetivos claros. Este es mi grupo.

El Perú se ha caracterizado, históricamente, por ser un país cuyos recursos naturales han sido (y serán) los que le han abierto la puerta a las economías del mundo. Fueron y serán el soporte económico de este país, y donde corre plata, corren intereses políticos. Cuando hay intereses políticos, el día a día de la gente ‘de a pie’ no le importa al gobierno, y el Estado se convierte en una enajenación extraña contra la que los ciudadanos deben protegerse. Los limeños y el gobierno central, ahora descentralizado, seguimos una lamentable costumbre –que me recuerda a la herencia colonial de la que habla Cotler– de pensar que el mundo gira a nuestro alrededor y que las jerarquías entre los que tienen poder y no son inamovibles. Si existe movilidad social, existe a pesar nuestro, no con nuestro pleno consentimiento.

Los sucesos de Bagua demostraron un intento de movilidad social (en el sentido sociológico de ‘subir’ en la estructura de estratos sociales) en la que los habitantes de una zona lejana de la capital quisieron ejercer su derecho a la ciudadanía. Ejercer ciudadanía significa moverse en la escala social, significar pasar de ser ‘nadie’ a ‘ser’, a existir. Si bien la Hna. Maricarmen Gómez mencionó en un evento en la PUCP que los pueblos nativos de la Amazonía han ganado ahora más notoriedad, ciertamente, el motivo por el que ahora son más ‘visibles’ no es garantía de que sean vistos como iguales por los que nos consideramos ‘ciudadanos de primera categoría’.

Los pueblo Awajún y Wampis, Puerto Galilea, Condorcanqui, Bagua Grande, todos son nombres que a muchos nos suenan extraños y poco familiares. En el Perú debe haber más personas que conocen EE.UU. de las que conocen la Selva. Que esto ocurra en ese orden, ¿está bien o mal? No es una cuestión de juzgar si uno debe conocer primero su país o algún otro, pero sí es una cuestión de aceptar que el desconocimiento geográfico agranda las distancias de imaginario colectivo entre todos.

Bagua ¿En dónde estamos? Oh, todavía estamos en Perú

El saldo de muertos, entre policías y civiles, la cobertura parcializada y sensacionalista, los adjetivos peyorativos y todo lo que vivimos mostró lo peor de nosotros. Pero este horror también fue motivo de unión entre etnias amazónicas que, tal vez, nunca se hubieran reunido por no ser que existía un objetivo común; por otro lado, diversos periodistas iniciaron sus propias investigaciones, incluyendo a antropólogos, sociólogos, dirigentes de comunidades amazónicas, etc., como quien ya estaba cansado de lo mismo que los medios capitalinos nos daban: más violencia para más rating, lectoría o tráfico en la Web.

Después de toda historia, vinieron las críticas, los estudios, las marchas, etc., etc. Se derogaron los decretos y todo quedó ‘en paz’. Hasta que llegó el aniversario. No hay nada de malo con los aniversarios. Al contrario, no solo debería hacernos recordar lo vergonzoso de la cobertura periodística, de los políticos, de los nativos que participaron en el asalto a los policías, de la policía, sino que debería descargar la gran responsabilidad de tomar inciativas concretas para que esto no se vuelva a repetir. Y esa responsabilidad, si bien recae en todos, pesa más sobre los decisores de políticas de desarrollo para este país. Porque hay que aceptarlo: sin iniciativas concretas, planeadas para ser efectivas a mediano y largo plazo,  el caso de Bagua seguirá teniendo aniversarios donde ya no se cante el himno nacional en Amazonas y seguirá atrapado por la coyuntura misma de su propia conmemoración.

***Por cierto, el gran titular de la prensa hoy fue que el asesino holandés golpeó su cabeza contra la pared. ¿Somos grandes, no?***

Unos videítos del jalón de orejas de @jfowks a todo el Perú:

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