La Iglesia está en riesgo de convertirse en una subcultura


Mientras en Miraflores se vive la alegría de la Pascua entre actividades paganas que son, ¿muy a pesar? de los cristianos, extremademente placenteras, hay un personaje importante de la escena episcopal europea que nos hace algunos planteamientos para una mejor Iglesia. Tal vez algún día los Papas dejen de usar costosos trajes y pesadas joyas de oro (mientras hablan de la pobreza extrema) y las mujeres puedan ser sacerdotas, y tal vez los gays podrán ser diáconos. Bueno, tan lejos no llegan los imposibles. Le Monde nos trae una entrevista a Albert Rouet, para quitarnos el mal sabor que nos deja Cipriani y otros personajes religiosos peruanos.

¿En dónde estamos?

Odio las barreras idiomáticas, así que aquí les va la traducción.

Publicado el 03/04/2010 a las 13h41

Monseñor Albert Rouet, arzobispo de Poitiers, es uno de los personajes más libres del episcopado francés. Su obra, “J’aimerais vous dire” [Quisiera decirle] (Bayard, 2009) es un best-seller en su categoría. Con más de 30 000 ejemplares vendidos, premiado con el Prix 2010 des lecteurs de La Procure, este libro de entrevistas da una mirada bastante crítica sobre la Iglesia católica. Con motivo de la Pascua, Monseñor Rouet declara sus reflexiones sobre la coyuntura y un diagnóstico sobre su institución.


La Iglesia católica ha sido perseguida desde hace varios meses por la revelación de escándalos de pedofilia en varios países europeos. ¿Eso le sorprende?

Para comenzar quisiera precisar una cosa: para que haya pedofilia, hace falta dos condiciones: perversión profunda y poder. Eso significa que todo sistema cerrado, idealizado, sagrado es un peligro. Desde que una institución, incluida la Iglesia, se construye sobre la posición del derecho privado, se considera desde una posición de poder, las desviaciones financieras y sexuales serán posibles. Es esto lo que revela esta crisis, y eso nos obliga a acudir al Evangelio: la debilidad de Cristo es constitutiva de la forma de ser de la Iglesia.

En Francia, la Iglesia ya no tiene este tipo de poder. Eso explica que estamos frente a faltas individuales, serias y penosas, pero sin conocer una sistematización de estos asuntos.

Estas revelaciones sobrevienen después de numerosas crisis, que han sobresaltado el pontificado de Benedicto XVI. ¿Quién pone en apuros a la Iglesia?

Desde hace un tiempo, la Iglesia ha combatido tormentas, externas e internas. Tenemos un Papa que es más un teórico que un historiador. Ha quedado como un profesor que piensa que cuando un problema está bien planteado, está a medio camino de solucionarse. Pero en la vida eso no es así: uno se enfrenta a complejidades, a la resistencia de lo real. Eso parece ser lo correcto en nuestras diócesis, ¡hacemos lo que podemos! La Iglesia se aflige al posicionarse en el mundo agitado en el que se encuentra ahora. Esa es la raíz del problema.

Además, dos cosas me impresionan sobre la situación actual de la Iglesia. Hoy en día, uno constata un cierto congelamiento de la palabra. Aparte, el mínimo cuestionamiento sobre la exégesis o la moral es juzgado como una blasfema.  Cuestionar, ni que decir tiene, y es una lástima. Al mismo tiempo, en la Iglesia reina una atmósfera de suspicacia malsana. La institución se está enfrentando a un centralismo romano, que se apoya sobre toda una red de enunciados. Ciertas corrientes pasan el tiempo denunciando las posiciones de tal o cual sacerdote, haciendo documentos en contra de uno, guardando fichas en contra del otro. Estos comportamientos se intensifican con la Internet.

Por otro lado, veo una evolución de la Iglesia paralela a la de nuestra sociedad. Ésta última quiere más seguridad, más leyes; aquélla, más identidad, más decretos, más reglamentos. Nos protegemos, nos encerramos. Es la señal misma de un mundo cerrado, ¡es catastrófico!

En general, la Iglesia es un buen espejo de la sociedad. Pero actualmente, en la Iglesia, las presiones relativas a la identidad son particularmente fuertes. Toda una corriente, que no reflexiona mucho, ha tomado una identidad de reivindicación. Luego de la publicación de caricaturas en la prensa sobre la pedofilia en la Iglesia, ¡he recibido reacciones dignas de ser integristas islámicas como las de las caricaturas de Mahomet! Al querer parecer ofensivo, uno se desprestigia.

El presidente de la conferencia episcopal, Monseñor André Vingt-Trois, ha vuelto a decirlo en Lourdes, el 26 de marzo: la Iglesia francesa está marcada por la crisis de vocación, la baja en las comunicaciones, la disminución de la presencia cristiana en la sociedad. ¿Cómo experimenta usted esta situación?

Trato de tomar en cuenta de que estamos al final de una época. Hemos pasado de un cristianismo de hábito a un cristianismo de convicción. El cristianismo se ha mantenido sobre el hecho de que había reservado para sí el monopolio de la gestión de lo consagrado y de las celebraciones. Frente a las nuevas religiones, a la secularización, la gente ya no recurre a esta consagración.

Por otra parte, ¿podríamos decir que la mariposa es “más” o “menos” que la crisálida? Es otra cosa. Entonces, no razono en términos de degeneración o de abandono: estamos en proceso de mutación. Nos hace falta medir el tamaño de esta mutación.

Vea mi diócesis: hace setenta años, tenía 800 curas. Hoy en día, tiene 200, pero también cuenta con 45 diáconos y 10 000 personas involucradas en las 320 comunidades locales que hemos creado hace quince años. Está mejor. Hay que detener la tradición de la SNCF. Hay que cerrar algunas vías y abrir otras. Cuando uno se adapta a la gente, a su manera de vivir, a sus horarios, la concurrencia aumenta, ¡también para el catequismo! La Iglesia tiene esta capacidad de adaptación.

¿De qué forma?

Nosotros ya no tenemos el personal suficiente para tener divisiones de 36 000 parroquias. Será entonces que consideramos esto como una desgracia de la que hay que salir a todo precio y, entonces, reconsagramos al cura, o será que inventamos otra salida. La pobreza de la Iglesia es un desafío a abrir nuevas puertas. ¿La Iglesia debe apoyarse sobre sus clérigos o sus bautizados? Por mi parte, pienso que [la Iglesia] debería darles más confianza a los laicos y dejar de funcionar sobre la base de una división medieval. Esta es una modificación fundamental. Es un reto.

¿Este reto supone expandir el sacerdocio hacia los hombres casados?


¡Sí y no! No, ya que imagínese que mañana yo pueda ordenar diez hombres casados, que conozco, eso no es lo que hace falta. No podría pagarles. Ellos deberán entonces trabajar y no estarán disponibles más que los fines de semana para los sacramentos. Así regresaríamos una imagen de culto del cura. Sería una falsa modernidad.

Sin embargo, si cambiamos la manera de ejercer el ministerio, si su posicionamiento en la comunidad es otro, entonces sí, podemos avizorar la orden de hombres casados. El cura no debería ser el patrón de la parroquia; él debería apoyar a los bautizados para que se conviertan en adultos de fe, formarlos, evitar que recaigan en ellos mismos.

Es él [el cura] quien debería hacernos recordar que somos cristianos por los otros, no para nosotros mismos. Entonces, él presidirá la eucaristía como un gesto de fraternidad. Si los laicos pasan a ser la minoría, la Iglesia no tiene credibilidad. Ella debe hablar de adulto a adulto.

Usted considera que la palabra de la Iglesia ya no se adapta al mundo. ¿Por qué?

Con la secularización, una “burbuja espiritual” se desarrolla, dentro de la cual las palabras flotan. Comenzando por la palabra “espiritual”, que cubre prácticamente cualquier tipo de mercancía. Por lo tanto, es importante dar a los cristianos los medios para identificar y expresar los elementos de su fe. No se trata de repetir una doctrina oficial sino de permitirles decir libremente su propia adhesión.

Frecuentemente es nuestra manera de hablar la que no funciona. Hace falta descender de la montaña y descender hasta el fondo, humildemente. Para ello se requiere de un gran trabajo de instrucción. Ya que la fe se ha convertido en aquello de lo que no se habla entre cristianos.

¿Cuál es su mayor preocupación sobre la Iglesia?

El peligro es real. La Iglesia está en riesgo de convertirse en una subcultura. Mi generación estaba vinculada a la inculturación, la zambullida en la sociedad. Hoy en día, el riesgo es que los cristianos se encierren entre ellos, simplemente porque tienen la impresión de estar frente a un mundo de incomprensión.  Pero no es con la acusación de la sociedad sobre todos los males con lo que ayudamos a la gente. Al contrario, hace falta una inmensa misericordia en este mundo donde millones de personas mueren de hambre. Es nuestro deber armonizar el mundo y de hacernos más amables.

Declaraciones tomadas por Stéphanie Le Bars

Extra:

El libro “J’aimerais vous dire”


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