Especial: Los revolucionarios están en Internet


Las nuevas tribus de la Red

Un gran edificio gris, en una tranquila calle del centro de Viena, cerca del hotel de la ciudad. Las ventanas están iluminadas permanentemente, ya que el Metalab, principal espacio hacker de la capital austriaca, está abierto noche y día. Desde el ingreso a este club de informáticos libertarios, la pauta está dada: la cabina telefónica es, en apariencia, bastante ordinaria, pero ésta permite hacer llamadas gratuitas a todo el mundo ya que está conectada a un servidor informático que transmite las comunicaciones vía Internet.

Creada en 2006, Metalab cuenta hoy con un centenar de miembros, que pagan una cuota de 40 euros al mes para cubrir el alquiler y los gastos técnicos. Desde mayo de 2009, es dirigido por Christian Benke, un informático de 28 años, elegido por sus pares por un año: “Tengo pocos poderes –explica, sonriendo–, solo responsabilidades administrativas y jurídicas. Aquí, cada uno hace lo que quiere”.

La habitación principal, decorada por juegos de luces piloteadas por Internet, sirve de sala de trabajo colectivo y de sala de conferencias cuando algún experto de fuera viene a dar una exposición. Esta noche, un inglés que vive en Fontainbleau, que ha venido de Francia en bicicleta, explica un vasto proyecto de unificación y seguridad de todas las redes sociales existentes en la Red.

En una esquina, Mika, consultor en seguridad informática, ha venido a ayudar a un joven hacker a abrir un iPhone para instalarle programas que no han sido homologados por Apple: telefonía gratuita a través de Internet para hacer corto-circuito en el operador de GSM, y la encriptación de conversaciones para evitar cualquier intercepción. Al final del pasillo, la pequeña biblioteca está ocupada por dos estudiantes bastante bulliciosos, quienes fabrican un juego de guerra para celulares.

Metalab también posee un estudio de música electrónica y una sala de juegos arcade: la consola ha sido íntegramente  construida aquí, y todos los juegos son descargados gratuitamente. Otra gran sala acoge el taller, plenamente para construir: mesas, cajas de herramientas, repuestos desprendidos sin envolver, computadoras destripadas… Aquí, los hackers vienen a construir sus propias máquinas electrónicas. Astera, reconocible desde lejos gracias a su cabellera multicolor, sus piercings y sus nueve tatuajes, ha logrado alojar al interior de un maniquí de celuloide un servidor musical con control vocal. Más aún, Marius, un robusto chico completamente vestido de negro, ensambla una “impresora 3D”, aparato imponente que sirve para fabricar objetos a partir de cables en fusión. Marius es una adepto del movimiento “RepRap” (replicating rapid prototyper), iniciado en Gran Bretaña y Nueva York: “Nuestro objetivo principal es construir una máquina capaz de autoreproducirse integralmente”. A corto plazo, los RepRap quieren proveer a la gente el medio para fabricar todo tipo de objetos de plástico de manera artesanal, rompiendo así con el monopolio de la gran industria.

A parte de sus proyectos ultraconectados, los jóvenes hackers mantienen la gran tradición establecida por sus mayores. Ellos buscan incansablemente las fallas de seguridad de los programas y servidores de Internet, y publican sus descubrimientos para obligar a los fabricantes a remediar esas fallas. Además, participan en la creación de sistemas que permiten utilizar Internet como personas anónimas o invisibles.

Su objetivo es preservar la liberta de expresión y proteger a los internautas contra las estafas de la Red, pero también contra las empresas de marketing y ciertos servicios policiacos, los cuales siguen la red y recolectan enormes cantidades de información personal. Ellos se mantienen fieles a la filosofía básica del movimiento: trabajo en equipos, compartir conocimientos, programas libres y abiertos. Muchos llevan una doble vida, informáticos de día en una compañía, hackers militantes durante la noche y el fin de semana. Algunos ya han creado su “debut”: para ellos, el status de empresario no entra en contradicción con aquel rol del hacker militante; al contrario, los hace más independientes.

Metalab también se ha convertido en base de establecimiento de muchos grupos tecno-políticos que no poseen sus propios locales. Es aquí donde se reúnen cada semana los militantes de la asociación FunkFeuer (“señal”), quienes han logrado construir, en el centro de Viena, una mega red Wi-Fi gratuita, encriptada y autogestionada.

Lugares parecidos a Metalab aparecen en todos los continentes. Hasta principios de los años 2000, los hackers eran lobos solitarios que se comunicaban por Internet y se reencontraban de tiempo en tiempo, en las conferencias o festivales. Los clubes que tenían sus propios locales eran raros, concentrados en algunas ciudades universitarias de Estados Unidos y en Alemania, con el célebre club Chaos Computer. Pero la nueva generación, más amigable, a redescubierto el placer de vivir en tribus, y de trabajar juntos alrededor de una misma mesa.

Los fundadores de Metalab han abierto un sitio en Internet, bautizado Hackerspaces.org, que se han impuesto como el point de encuentros virtuales del movimiento a escala mundial. Según Astera, que participa en el manejo del sitio, actualmente cuentan con 200 hacker spaces activos en una cincuentena de países, y alrededor de 170 en curso de instalación o en proyecto.

Algunos hackers se han vuelto nómades. Hacen grandes tours para visitar a los hacker spaces extranjeros y mostrar sus proyectos en común. Paul Böhm, 26 años, carismático fundador del Metalab de Viena, es en San Francisco desde hace unos meses. Allá, él frecuenta el hacker space de la localidad, Noisebridge, que se parece mucho al Metalab. Astera, que acaba renunciar a su empleo después de doce años de estadía en una agencia publicitaria veneciana, ya ha participado en 16 eventos desde comienzos de año, en Europa y Estados Unidos. Al comienzo de este verano, ella ha estado en París, para participar en el Hacker Festival, organizado por el tmp/lab (laboratorio temporal).

Primer hacker space parisino, el tmp/lab fue lanzado a finales de 2007 por un grupo de amigos reunidos alrededor de Philippe Langlois, 34 años, un experto en seguridad informática y empresario que ha vivido por mucho tiempo en California. El no se encuentra, en realidad, en París, sino a 9 km al sur, en la zona industrial de Vitry-sur-Seina, en el sótano de un depósito de rieles de tren no usados, entre las vías del ferrocarril de la carretera A86, una fábrica química y una estación de lavado de camiones.

Este edificio pertenece a la Red ferroviaria de Francia, que ha aceptado prestar una parte del sótano a título gratuito. En el sótano, el equipo es rústico y la decoración deja que desear, pero hay una cocina y una habitación, y el espacio de trabajo es vasto. La treintena de hackers que lo frecuentan se sienten bien ahí, aun si es que algunos sueñan con tener un local en París.

El festival, que tiene una duración de cuatro días, ha acogido a un buen centenar de participantes, llegados de una decena de países europeos, más algunos americanos. Los miembros de tmp/lab habían invadido los sótanos vecinos para montar un taller temporal y una sala de reunión. Los jornadas fueron de estudio, ya que las conferencias y demostraciones fueron muy agudas, pero después de la cena (vegetariana), la fiesta duró hasta el amanecer.

Los hackers llegaron también para discutir sobre el futuro del movimiento y comparar sus experiencias. Algunos italianos y españoles, bastante implicados en luchas sociales, se han fusionado con los movimientos de ocupantes ilegales. Los alemanes se enfocan en los desafíos técnicos y las acciones político-jurídicas. Los suizos, bien instalados, ayudan a los otros países nórdicos a crear sus hacker spaces. Les atenienses, los luxemburgueses y los de Toulouse aún no han encontrado local, pero mantienen la esperanza.

El tmp/lab de Vitry ha presentado varios proyectos. El más espectacular es, sin duda, aquél de N., genial creador de “routeur Hadopi”: “Esta expresión fue inventada por los bloggers que imaginaron el concepto. Nosotros lo realizamos”.

La ley Hadopi, que instaura un sistema de vigilancia y de represión de internautas que descargan archivos de audio ilegales, es obviamente el enemigo número uno de los hackers. N., que trabajó por un tiempo en casa de un fabricante de ruteadores, escribió con algunos amigos un programa capaz de transformar una PC equipada de una caja Wi-Fi ordinaria en un arma letal: “Detecta las redes Wi-Fi vecinas, pues se mete a craquear todas las contraseñas. Una vez que tenemos las llaves, podemos crear un punto de acceso virtual”, es decir, utilizar la conexión de Internet del vecino sin su conocimiento. Para evitar ser detectados, el ruteador de N. difunde de manera aleatoria direcciones-máquina ficticias. Si un ruteador “conquistado” cambia de contraseña, el sistema lo noquea automáticamente sobre otra señal Wi-Fi del vecindario, y comienza, asimismo, a atacar a la nueva contraseña.

El “routeur Hadopi” también permite seguir aquello que hacen los usuarios de las redes craqueadas, pero V., que ha trabajado en el proyecto con N., niega toda mala intención: “Nosotros queremos solamente publicar nuestro programa, y hacer comprender a todo el mundo que los dones tecnológicos utilizados por Hadopi para acusar a la gente no serán confiables. Gracias a nosotros, los jueces no podrán decir que no estaban enterados”.

N. ya imagina una estrategia más ambiciosa: distribuir decenas de ruteadores modificados en el vencindario, y crear una minired invisible, superpuesto a las redes existentes. El nuevo movimiento hacker francés, que comenzó tarde a comparación de sus vecinos europeos, está en pleno boom.

Yves Eudes

Artículo publicado en la edición del 09/07/09 en Le Monde

Vínculos originales de la publicaciónen francés.

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